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¿Contratarías a… Donald Trump?

Alberto Blanco, Director General de Grupo Actual| Madrid

7 de enero de 2015

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El “¿Contratarías a?” de este mes viene muy a cuento ya que esa misma pregunta se la están formulando en términos muy reales, durante estas semanas y meses de la larga campaña electoral norteamericana, los ciudadanos de aquel país respecto al personaje que hemos escogido. Y es que la última ocurrencia del  multimillonario y magnate de los negocios  Donald Trump es presentarse como candidato Republicano a la presidencia de los Estados Unidos.

“El buen pueblo americano ha claudicado después de muchos años de gloria y vive hoy una decadencia de la que las hordas latino-caníbales están sacando tajada”.  Ese parece ser el mensaje mesiánico para el que el bueno de Donald ha salido de su bucle ochentero a lo American Psycho, dispuesto a redimir a los Estados Unidos de América. Thanks God, aún quedan superhéroes en esta tierra indómita.  Su flequillo pelirrojo, al que se le atribuyen súper poderes, no deja indiferente a nadie. O lo amas o lo odias.

Las declaraciones y discursos de Trump levantan polvareda porque siempre se meten con alguien. Inmigrantes, mexicanos, mujeres… para meter cera vale cualquier colectivo que no sea el de los WASPs (White Anglo-Saxon & Protestant).  También ayuda que sus apariciones en público estén adornadas con esas perlas tan suyas, como el famoso muro entre EEUU y México  que financiaría íntegramente el vecino del sur. De su boca sale un torrente de ideas, disparatadas unas, naif otras, que hacen de él ese personaje mayúsculo.

Trump roza la caricatura andante, pero hay que reconocerle un incuestionable talento para atraer miradas y para reírse de sí mismo.  Sonada fue su intervención el pasado noviembre en Saturday Night Life, programa icónico de la televisión estadounidense en el que parodió algunas de sus declaraciones más explosivas. El show  se saldó con muchas críticas de sus detractores, pero también con el mayor share de los últimos tres años de programa. Su carisma está fuera de toda duda;  estamos ante un gran comunicador con un estilo propio.  El mensaje directo, real y cercano del candidato está provocando estragos en una comunidad blanca y anglosajona amedrantada con convertirse en una minoría. Explotar los miedos siempre ha sido muy rentable y Donald lo hace con maestría.

También hay que concederle  una gran capacidad para afrontar nuevos retos. ¿Por qué si no alguien que ya lo ha hecho todo en la vida arriesgaría su prestigio y una parte importante de su fortuna personal para embarcarse en una incierta carrera política con un alto desgaste como precio?

La respuesta podría estar en una sola palabra: poder. Y es que nuestro personaje de hoy se presenta a sí mismo como El Salvador de una América decadente y debilitada,  pero él es la personificación misma de esa decadencia. El sueño americano que él encarna hace tiempo que pide a gritos un buen lavado de cara. Y la supremacía blanca, la ostentación, la homofobia o la misoginia de las que hace gala en cada una de sus intervenciones son condiciones que  suenan más a pasado que a presente y que son cada vez más cuestionadas por la sociedad.  Los tiburones de Wall Street, que se enriquecieron mucho en muy poco tiempo a golpe de oportunismo  y especulación, ya no molan. Sus alardes han provocado que la economía de EEUU sea hoy un poco más flaca que ayer y nos han recordado que el mundo es mucho más frágil de lo que pensábamos. En los nuevos triunfadores es difícil combinar éxito sin ética, y presumir de su poderío económico, del mármol rosa y las griferías de oro, como los de la Torre Trump, tiene como principal encanto ser una oda a los excesos del pasado.

Pero las “áreas de mejora” de Donald Trump no se acaban ahí. No me lo imagino gestionando a un equipo diverso, ni eligiendo bien las palabras ante una situación compleja dentro de la empresa, ni innovando, ni apostando por el largo plazo, ni evaluando resultados con arreglo a otros medidores que no sean el dinero contante y sonante. Paradójicamente, y a pesar de sus éxitos empresariales nunca lo contrataría para un puesto directivo, por su alto potencial para reventar equipos y proyectos. Dicho esto, es incuestionable su talento para conectar con un público que, en muchos casos, sigue rigiendo los destinos del mundo. Sí que podría desplegar ese je ne sais quoi suyo en puestos comerciales o de marketing, en los que seguramente se sentiría como pez en el agua. Al fin y al cabo, es su entorno natural y del que es mejor no sacarle.

 



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